lunes, 12 de abril de 2021

DIDÁCTICA MAGNA DESCARGADO

 


Aliex Trujillo García

Deben examinarse todas las partes del objeto, aun las más insignificantes,sin omitir ninguna; con expresión del orden, lugar y enlace que tienen unas con otrasJan Amos Comenius, Didáctica magna [XX, 20]

Coda

La obra Didáctica magna de Jan Amós Comenius contiene un objeto técnico de la educación: la didáctica. Al mirar la didáctica como un objeto técnico se ven continuidades operativas de los esquemas técnicos y discontinuidades efectivas en la dejación del saber, en el mismo esquema didáctico de una cobertura educativa. Este texto es una coda al artículo, El linaje técnico de la Didáctica magna, de pronta aparición en la revista Pedagogía y Saberes, el cual trata sobre el esquema técnico de unas poquísimas didácticas.

Dos sistemas educativos

Comenius, en Didáctica magna, deja escapar dos sistemas educativos, uno que no requiere reforma, el que forma a los arquitectos, los cuales son invocados como ejemplo didáctico del que hace un trabajo bien hecho. El otro sistema educativo es el que hace esa invocación, y toma al arquitecto como modelo del hacer, más que con el hacer del sistema que lo educó. Dice Comenius del arquitecto a imitar, “antes de empezar la construcción del edificio, reúne bastante cantidad de piedras, cal, hierro y otros elementos, para que luego no se retrasen las obras por falta de material o por dicha causa peligre la solidez de las mismas.” (Comenius, [XVI, 12]). La didáctica tiene unos esquemas técnicos que pueden articularse con una necesaria oposición de clases. Tomar al arquitecto como idea presupone una imitación de cómo obra, no de cómo fue educado ese modelo de su obrar. Por eso podrían ser dos sistemas diferentes. Esta separación, que continúa teniendo existencia, supone que es suficiente la imagen del arquitecto.

En unas escuelas, las horas enseñando las normas APA como clase de “sistemas” a quienes aún les aburre la gramática, están siendo superadas por los estudios de los clásicos de la humanidad, en un tipo bien distinto de escuelas. Los maestros podrían marchar, por las calles del mundo, exigiendo que vuelvan a la escuela los clásicos. Sería una victoria, incluso, en la lucha de clases. Otra cosa distinta es reclamar —y clamar— por más computadores con los que seguir reproduciendo, ahí sí, las determinaciones de clases.

El objeto técnico está formado por esquemas técnicos que tienen su valor, por ejemplo, en la topología del acople o ensamble como condición de función, “una ingeniosa coordinación de la madera y el hierro en ruedas, ejes, lanza, yugos, etc. Roto o estropeado uno de ellos, la maquina queda inservible.” (Comenius, [XIII, 11]). Una estructura llamada esquema técnico no ha cambiado desde que la didáctica del siglo XVII se acopló a los estados modernos europeos. En la concreción de la didáctica como objeto técnico, el maestro se relaciona con un grupo de estudiantes, y estos entre sí; cuando el maestro se relaciona con cada estudiante, el esquema técnico es abstracto. Así diría Gilbert Simondon. En la didáctica de las plataformas digitales habría una primacía de lo abstracto sobre lo concreto.

 


Ilustración 1 Diferencias entre los esquemas técnicos abstracto y concreto.

 




La didáctica opera con una recontextualización del saber que promueve la oposición social y la concreción del objeto técnico. La oposición social en el problema de un sistema educativo doble, ya visto en el arquitecto de Didáctica magna, y la concreción de los elementos en una relación total (ver ilustración).

La operación de elegir

En 388 años, la operación se ha abstraído, porque la obra de Comenius pretende enseñar un saber, para esto hace unas recomendaciones de operación con un legado cultural de respaldo. Siendo del mismo esquema técnico (la cobertura), las nuevas plataformas digitales parecieran neutralizar al sabedor, y el espejismo de una voluntad de autorreferencia se solaza con la elección azarosa, con garbo de libertad. En The Matrix (Wachowski & Wachowski 1999), se exhorta a elegir: una píldora roja o una azul. La elección es ya un contenido, no sólo es saber elegir, que se puede conquistar en la escuela, también implica el poder elegir, o el querer elegir, que depende de otras formas de la vida simbólica. El conminado a la elección (Neo) le asigna a la encarnación del dios del sueño (Morfeo) una verdad (marketing) en la oferta de posibilidades (binaria). Neo no puede no elegir. La exhortación ¡elige!, no incluye ¡elige elegir! El usuario da curso al movimiento compulsivo en las plataformas digitales, donde un plano (pantalla) con zonas de coordenadas de reacción (click) reproduce la fascinación por el movimiento. Para elegir hay que poder ver opciones, y este ver se enseña. Las opciones patentes (sensibles) de las plataformas digitales, son opciones posibles diseñadas por algún arquitecto. Hay que tener con qué ver las opciones, elige una postura o el sentido común (click).

Cobertura y velocidad

De la misma manera que en Didáctica magna, la cobertura se trata en los sistemas educativos más contemporáneos. La cobertura es el esquema técnico con el que se podría diseñar una didáctica como objeto técnico. Por un lado, sigue operando con el mismo esquema de la cobertura, pero por el otro, se han ido extrayendo el legado cultural universal. Con las mismas operaciones de la gran didáctica se ofrecen las TIC, pero con lazo social degradado o nulo, y expulsado el trabajo de acceder al mismo. En el esquema de la cobertura, la cultura se extiende y adelgaza.

El pedagogo checo arma un reloj con el que organizar la disciplina necesaria para una educación universal, y muestra que, para una dimensión cultural, la escuela es el lugar donde se enseñan otras velocidades de las cosas en el mundo. Es necesaria la oposición de la escuela y el mundo para que haya también una oferta de velocidades. Los sistemas se separan desde la didáctica del siglo XVII, que reza: imitar, valorar y enmendar. No obstante, la didáctica de Comenius pone a trabajar, se muestra en el trabajo con unos materiales, bajo un plan y con unos resultados que tendrán que enriquecer nuevos intentos.

EN MIL PALABRAS

 


Francisco Rodríguez


De las mil, la primera es la memoria. La vida son las imágenes que se rehúsan, con azar y capricho, al olvido. En la primera de ellas estoy en un caminador. Mi tío José me está tomando una fotografía. Yo poso feliz. No tengo más de dos años. No es posible tener recuerdos de nada a esa edad, sin embargo, la foto no deja mentir. En ella estoy inclinándome un poco como queriendo salir de ese juguete-prisión; al frente, hay un manchón de luz, como si la emulsión de la foto se hubiera dañado. Nadie podría saber a qué corresponde ese destello indiscernible en la película, como la calavera anamórfica en el cuadro de Holbein. Pero yo lo sé. Se trata de un grumo de café tirado en el pastal del parque. En esa época se acostumbraba escurrir las olletas con el cuncho en cualquier lado. Luego vi a mucha gente hacerlo, incluida mi mamá. Esa foto coincide con mi recuerdo de ese momento, ahí empiezo yo, pero luego, dejo de existir por algún tiempo.

El siguiente recuerdo viene de mis cuatro años. Se arma una gritería en el zaguán, frente a mi casa. Mis hermanos corren a mirar. Los vecinos también. Todos como bobos ponen la cara al cielo. Está pasando un avión a propulsión a chorro y ese espectáculo no se puede perder, como las bandas de los colegios, como la procesión de Semana Santa. Todos estamos reunidos y boquiabiertos hasta que un grito de mi mamá me introduce en la autoconciencia hegeliana: “Pacho, qué hace en la calle sin calzones”. Desde ahí, desde ese grito, yo soy yo. La vergüenza trajo mi conciencia a este mundo, como Adán y Eva en el Paraíso. Desde ese momento hasta hoy la cadena de recuerdos no se interrumpe.

Viene una sucesión interminable de partidos de fútbol. Uno que incluye un balonazo en el estómago que me dejó sin aire y casi privado. Esos accidentes eran comunes en la época. Igual que las escalabradas por caídas contra los andenes, las verjas y los sardineles de la cuadra. O piedras que llovían del cielo. De verdad, no era raro recibir de la nada una pedrada en la cabeza. Una vez caí desde el segundo piso y por poco me mato. ¿Cómo llegué a ser tan inteligente con tantos chichones?

La escuela. Llego a la escuela. A esa altura ya casi sabía leer. Mi mamá no pudo matricularme el año anterior; entonces, de pura pena conmigo, me ponía planas y me dejaba combinar letras a mi antojo. Luego las leía, tuvieran o no sentido. A veces yo atinaba algo como “casa” “taza” o “sal”. Y celebrábamos. Me gustaba mucho la letra “a”.

En la escuela hay varias imágenes: aprender a dibujar casas e iglesias, por ejemplo. Recuerdo que las casas de las tareas no se parecían a las casas en donde vivíamos, ni las iglesias se parecían a la del cura Garavito, pero todos mis compañeros las dibujaban con una facilidad que copié rápidamente. Casi de un trazo las hacían.

Una de las sorpresas más grandes de la escuela eran las piernas de la profesora Magaly que me inquietaban, a la par con sus elogios a mi destreza con los números. No sabía que me alegra más, si verla u oírla. En cualquier caso, me inquietaba su presencia. Todavía pienso en ella con regusto.

Al lado, en los demás pupitres, estaba la obsesión sexual de mis compañeritos. Esa fijación me sorprendía, y me despertaba cierta curiosidad, pero menos que un partido de fútbol o que los soldados libertados o que el rejo quemado. No recuerdo que yo haya dicho nunca nada al respecto sobre el sexo. No tenía nada que contar, pero ellos (y hasta que salí de la escuela) traían cada día una aventura con la prima, la vecina o la cocinera. No cesaban, y para cualquier contratiempo tenían la misma explicación: me estaba tirando una vieja. ¡Y éramos tan pequeños!

Salí de la Escuela Piloto de Aplicación de Bogotá, que ya no existe en el barrio Quiroga, con una autoestima académica que ha sido mi coraza hasta el día de hoy. Saber que soy inteligente me ha tenido en pie hasta el día de hoy.

El bachillerato. La entrada al Camilo Torres fue un logro. En los setentas, el Camilo era el Camilo y para entrar a primero de bachillerato se presentaba un examen de Estado en el que participaban miles de estudiantes y se elegían unos pocos destacados. Así era de difícil.

Siempre fui el mejor en la Escuela y en el Camilo encontré la horma de mi zapato. José Vicente Vargas Villamil, Armando Escobar y Emiro Bohórquez ponían el listón tan alto que me relegaron a ser un orgulloso segundón y tercerón, según el caso. Y aun así lo disfruté, eso habla bien de mí.

Luego vine a saber lo que es la adolescencia y la pérdida de la memoria absoluta que me había acompañado hasta los trece años. Hay varias pruebas de lo buena que era. El profesor Medina podía contar la batalla del Pantano de Vargas durante veinte minutos y yo podía dar la lección en veinte minutos con los mismos detalles.

De niño solía zanjar las discusiones que mi papá tenía con sus amigos de farra acerca del fútbol. Me ponía de juez para dejar en claro quién había metido el gol en la final del campeonato del año anterior y cuáles fueron las jugadas previas. A mis catorce, la memoria dejó de ser mi fiel compañera. Tal vez masturbarse si lo embrutece a uno. Yo soy acaso la prueba de esa teoría.

En el colegio descubrí que soy romántico. Soy incapaz de cortejar por puro vacilón, como muchos de mis amigos. Tengo que estar perdidamente enamorado para dar el paso. Si por casualidad, como sucedió, Martha Cerón no me paró bolas, pasará fácilmente un año o dos antes de que el guayabo cese y vuelva a hacer otro intento. Por fortuna, el segundo salió bien y fui novio de Olga por cuatro meses a mis quince años. Aún la recuerdo con algunas mariposas.

Jugué fútbol, hice amigos, me reí y gocé resolviendo problemas de álgebra, geometría y física. Esa felicidad la extraño todavía. En décimo y once fuimos un grupo muy discutidor, que durante meses manteníamos una tertulia en el pasillo, frente al salón, durante los cinco minutos del descanso, entre clase y clase. Era medio curso y todos metíamos la

cucharada en el debate. Eso, sin duda, forjó mi espíritu especulador y filosófico. De ahí vienen mis problemas con el tiempo, la ética y la existencia de Dios. Si alguna vez pensé en las infinitas imágenes de los espejos paralelos, con seguridad fue allí, y en ese tribunal se testaron popperianamente mis teorías al respecto.

Todavía soy el Pacho que pasó por la escuela y que no quiere abandonar el Camilo. Lo demás ha sido una repetición simpática.

viernes, 9 de abril de 2021

UNA MÁXIMA MINIMIZADA

 

 Guillermo Bustamante Zamudio

Un niño, que llevaba a cabo acciones torpes con las manos, es reprendido por mamá: “¡Cochino! ¿Quién le enseñó eso?”. Y el niño: “Estoy aplicando la máxima Conócete a ti mismo”.

 

Estamos atravesados por una incógnita. No sabemos cómo formularla, pues está dada por el hecho de poder interrogar. Lo comparo con “El pez”, de Liliana Montes: “He recorrido cada rincón de este planeta, cada grieta que existe me la sé de memoria, cuanto recoveco, surco o abismo lo conozco al derecho y al revés. Así que con mi conocimiento y experiencia puedo afirmar a ciencia cierta que el agua no existe”. Un pez —al menos el de esta fábula— no indaga por su medio (los demás, los de carne y espina, no indagan ni eso ni nada). Otra comparación mejor: los fotones no se pueden ver, pues “ver” es percibir un barrido de fotones.

Entonces, la mayoría de las veces, esa proto-pregunta toma la forma de una miríada de pequeñas dudas sucedáneas, éstas sí remitidas a aquello a lo que da lugar la posibilidad de interrogar. En los niños (no como el del epígrafe, que ya es todo un licenciado en filosofía), podemos verificar una preguntadera poco soportable (mini-novelada en “La gallina dijo eureka”, de Les luthiers) que indica —para quien la padece— que algo más subyace a esa cantinela infantil. También se manifiesta en los grandes. Por ejemplo, cuando la gente iba al oráculo de Delfos tenía tantas cosas por inquirir, que fue necesario establecer una serie de preceptos:

1.      Conócete a ti mismo, es decir: piensa antes lo que vas a preguntar.

2.      No hagas demasiadas preguntas.

3.      Comprometerse acarrea desdicha.

 

Esto hace pensar en los cuentos populares en los que un personaje, ante una personificación mágica (genio embotellado, duendecillo, hada…) que le ha concedido tres deseos, siempre se precipita al punto de anular las posibilidades abiertas. Ejemplo: “Cuento de los tres deseos”, de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont (siglo XVIII). Resumo:

 

La pareja comenta: si dispusieran de todo lo que quisieran, serían felices. De pronto, aparece un hada que les concede tres deseos. Prensan: ¿belleza, riqueza, elegancia?… se podría estar enfermo, triste o morir joven. ¿Salud, alegría, larga vida?… se prolongaría la desgracia de la pobreza. Mientras tanto, la mujer atiza el fuego y dice, sin reflexionar, que le gustaría asar ahí una morcilla. Entonces, aparece una gran morcilla. El marido, maldiciendo el desperdicio de uno de los deseos, dice: me gustaría que llevaras la morcilla en la nariz. Al instante, la esposa tiene una nariz de morcilla… Finalmente, recuperan la situación inicial usando el último deseo.

 

(Idéntica lógica está en uno de los cuentos recogido por los hermanos Grimm: “Los tres deseos”).

La versión moderna de este cuento es traquetear o, incluso, ganarse la lotería, lo cual para muchos es una condena.

La persona quiere preguntar al oráculo, pero ha de precipitarse, entonces, otro le pone un parte por exceso de velocidad. Atención: el otro parece estar en una posición distinta, pues no dice —como los profesores de hoy—: “conozcámonos a nosotros mismos”, sino que, al decir conócete a ti mismo presupone que aquel a quien se dirige 1.- es capaz de hetero-conocer; 2.- pero no de auto-conocer, él mismo es el único ente que no toma por objeto… ¿tal vez porque algo se opone en él mismo?... de lo contrario no habría que hacerle la requisición. O, dicho de otra forma, las miradas sobre sí son superficiales: qué bueno asar unas morcillas en ese fuego atizado. Pero la pregunta que está de fondo: ¿por qué la precipitación?, ¿por qué formular un deseo “espontáneo” cuando se está en una situación especial? (un hada se ha hecho presente y concede la situación en la se estaba fantaseando), ¿por qué desear que la mujer quede deformada?…

Además, el otro, aquel que formula el imperativo de marras, parece estar en otra posición. Como en el cuento: “El hada se ha burlado de nosotros, y ha tenido razón”. Es decir, ellos no se conocían a sí mismos. Pero el cuento restablece la condición inicial: no volvieron a preocuparse por las cosas que habrían podido desear, ¡cuando justamente la manera de desear —al decir de Zuleta— es nuestra desgracia! Queda demostrado que vamos a tumbos, pero no nos quedamos ahí, pensando en esa especificidad sino que decimos “Tal vez hubiéramos sido más desgraciados siendo ricos”. Y a cambio ¿qué?: conformismo. Es un cuento que pone a prueba el aforismo “Conócete a ti mismo”, pero que fracasa.

¿Por qué el otro no está cubierto por la requisición? Porque está en otra posición. Los personajes del cuento no podrían pasar, después de la experiencia, a decirle a los demás “Conócete a ti mismo”. Retornaron a la ignorancia. Sólo el hada, en el cuento, está en esa posición. Se supone que quien hace la requisición ha vuelto sobre sí mismo y se ha quedado en la pregunta; es decir, no tiene respuesta, pero no es inferior a la pregunta, retornando a la posición anterior.

El oráculo no habla de forma literal. ¡No sería un oráculo! Cuando le habla a Edipo no le responde si es hijo de los reyes de Corinto, sino que le dice que matará a “su padre” y que desposará a “su madre”; no le dice que matará a Layo y que desposará a Yocasta —con lo cual respondería, de carambola, la duda de Edipo—; para él es evidente —pobre ingenuo— que se trata de Pólibo y de Peribea, y por eso huye de ellos, justo para encontrarse con sus verdaderos padres. ¿Por qué el oráculo no dijo los nombres propios? Edipo no se pregunta cómo es posible que él pueda tener esos deseos de matar al padre y desposar a la madre, sino que sale corriendo. Y después se quita los ojos y va a morir en Colono. Es como el cuento de la morcilla: conformismo… dolor, sí, culpa… pero conformismo.

 

Laercio, Diógenes. Vidas de los filósofos más ilustres.

Foucault, Michel. La hermenéutica del sujeto.

lunes, 8 de marzo de 2021

LA EPIDEMIA DE CONOCERSE ASÍ MISMO

 

Aliex Trujillo García                        

        

Si quieres crear tu propia marca, primero conócete a ti mismo

Blog de mercadología

 

                  Esta noción [estructura del cuidado], que podría entenderse como una acción introspectiva al asociarse al “conócete a ti mismo”, provoca un recorrido que puede ser doloroso, al demandar una mirada hacia nuestro interior.

Proyecto Educativo Conócete a ti mismo

 

Se tiene un concepto más o menos vago de lo que es una epidemia (y de lo que es una filosofía). Se podría decir que hay suficientes modelos matemáticos para entender los patrones de las epidemias, en cuanto al efecto de la circulación de una información destructiva, que tiene una probabilidad alarmante de matar al receptor. El modelo robusto aprende cada vez que falla en alguna predicción. El nivel de sofisticación de este modelo está soportado por grandes bases de datos. Por eso, donde no existen anales médicos, por ejemplo, la minería de datos, que alimenta a los modelos epidemiológicos de enfermedades, queda inutilizada. Los modelos tienen sus propios problemas y aprenden. Es aquí donde la criatura humana, elemento principal a considerar en una epidemia, no aprende ni siquiera con el efectivo miedo al contagio ¿Pasa con todas las epidemias? La filosofía tiene baja taza de contagio, es fácil adquirir la inmunidad a la perplejidad del lenguaje. Esta frase manda, como presagio y por los siglos de los siglos, a conocerse a sí mismo. La epidemia en filosofía, y salvando a penas la metáfora, podría ser la propagación de una frase a la que se le atribuya la reunión de la verdad. La epidemia es a la base de datos como la filosofía a una frase.

Los caracteres del oráculo existieron dan fe míticos cronistas tallados en la piedra elevada y sostenida. Las letras formaban una sentencia por la que muchos sabios sienten especial cariño porque, con presunción, invita a creer en los productos de la introspección. Es una idea encallada en el espíritu de los que tienen por profesión pensar, y hablar todo lo necesario para seguir pensando. Los filósofos son muy desconfiados, como todo gremio consolidado por la contención de la experiencia posterior a pensar. Por eso, el examen, que funda el interior del pensar, tiene el lugar que se ha ganado, pues las sentencias siempre han sido el ardid al que responde la técnica de lo imaginado.

Los filósofos que hablaban con enseñanzas de género breve quedaron en la antigüedad, así se traigan a rastras. Los escolios, exergos, epitafios y aforismos lo aprovechan los políticos publicistas, los empresarios políticos y el coaching. Los filósofos llamaron prolegómenos a extensas introducciones que dan testimonio de la inmensidad de la tarea, desde Ibn Jaldún hasta Derrida, pasando por Kant. Otras obras, como La fenomenología del espíritu o Ser y tiempo o Crítica de la razón pura, son famosas también por su generosa profundidad exacerbada. Todas estas producciones renunciaron al género breve de los antiguos sabios de occidente, que sólo tenían poemas orales como programa de sus intercambios culturales.

Los filósofos son necesarios a priori. De igual forma se toma “Conócete a ti mismo[1]” como verdadera. Las palabras caladas sobrevivieron a la arquitectura del oráculo, a la demolición eterna del templo consagrado, en la guerra siempre renovada contra los bárbaros. Otra proporción geométrica. Los filósofos son necesarios como la frase es verdadera. Conocerse a sí mismo (consejo y mandato) es la sentencia que brinda un servicio oracular. El camino de la virtud está en desentrañar lo que quiere decir tomarse a sí mismo como objeto del conocimiento, que haya un lugar ahí, a donde apunta una aprehensión a lo sistemático.

Otros filósofos vacunados, no confirman, en la expresión de marras, ningún dato. Consideran sobrestimado el sentido atribuido a la frase horadada en el pronaos del templo bendecido con el dios de la verdad. Apolo sostiene un axioma de conducta[2], una exhortación cariñosa y crítica con la que fundar mitos, que se desestimarán o le heredarán a la ciencia de intensa circulación simbólica, enriquecida con método, accidentes y serendipias. El símbolo es un pedazo de algo a completar, como la insinuación, la ironía y la impaciencia. La famosa frase es un detonador bien recibido por muchos, invita al mejoramiento continuo de un tesoro, o a una devoción a los ejercicios de respiración. La frase produce el deseo de completar lo sugerido, de terminar la oración con un tratado sobre la mirada de cada uno reflejada en los ojos de algún otro. Además, se usa para afianzar una interioridad imaginaria, con las oportunidades de los viajes de supervisión a la conciencia.

Es un principio occidental que la verdad sea lo que sobreviva a la cadena de conversaciones, la escritura es ya una traición admitida y conveniente a este principio. La literatura de autoayuda es la que está recogiendo las banderas del vaticinio, caída entre los girones de la democracia: lo que está bien para la mayoría, está bien para todos. Hasta para eso alcanza este símbolo arrancado a la piedra, conócete a ti mismo, una unidad de comprensión generalizada, y referente protocolar para una filosofía. La autoayuda está haciendo mejor su propaganda simplificada, explotando la frase por la frase misma; que la filosofía, en hacer que alcance, para más hombres, la sabiduría conquistada.



[1] tal como eres, agrega Dalai Lama.

[2] En una entrevista que le hicieron a Apolo, este responde con una sola frase, pudiendo y soliendo hablar con despilfarro. Con una sola frase responde el dios a la joven periodista, que mal disimulaba su ardor. Es una deidad antigua y letrada. Apolo sabe la importancia que tiene una frase para los hombres, pero no ha logrado acordarse cuándo se la dijo al antiguo sacerdote a su servicio. El olímpico le iba a dar una elocuente y extensa explicación a la reportera, puesto que era una oportunidad más para intentar aclarar el caso. Pero, no pudo, él, un dios consumado, tuvo que repetir la odiosa exhortación breve y reflexiva. La joven periodista le había preguntado ¿Qué consejo le da usted a la humanidad?

martes, 23 de febrero de 2021

SOMOS LA PESTE


Guillermo Bustamante Zamudio

No se trata de prescindir del orden inteligente que una sociedad introduce en el desorden de una calamidad.

Camus. La peste

 

Al decir “¡Hágase la luz!”, Dios arrojó en aerosol partículas de saliva con organismos impalpables para nuestra capacidad visual.

Sin telos de por medio, Las andanzas y devaneos de las formas de vida terminan beneficiando o condenando a unos y otros. El único equilibrio posible es la secuela de tales peripecias. Unas especies sobreviven, otras “ya son historia”. Usan lo contingente, pero también intentan conjurarlo. Se sirven de hospedaje —voluntario o no—, intercambian servicios; se usan para alimentarse y para reproducirse. De este intercambio resulta una normalidad corporal que es, en realidad, una pasajera estabilización de la patología. Los microorganismos han estado desde el comienzo: son idénticos a los de hoy; incluso algunos son los mismos, si hemos de considerar una forma de perpetuarse que asigna equitativamente a ambas partes la substancia hereditaria. Su difusión es uno de los retos a la capacidad de supervivencia de las especies y ha sido contemporánea con la vida humana. Si todavía estamos aquí es porque hemos resistido, como las demás especies supérstites, a su presencia en nuestro cuerpo. Pero no sólo experimentamos la “maluquera”, de la cual sabrán ocuparse las defensas —con o sin acierto—, sino que ejercemos una práctica propiamente humana. De igual manera, no comemos, simplemente, sino que exponemos los alimentos al fuego, al adobo, a la sal, al humo; y comemos alimentos —murciélagos de Wuhan, por ejemplo— que no se corresponden con nuestra morfología. No atemorizamos al predador mostrándole los dientes, no expelemos algo que lo ahuyente (a no ser que nos caguemos de miedo)… no, hemos utilizado herramientas, fuego, trampas, armas… Y, bueno, esa práctica es la medicina, tan antigua como el hombre, pues responde a una pregunta y sólo los hombres se hacen preguntas. Que su aplicación haya servido o no, es otra cosa (recuerden la triaca de la que nos habló Pacho); que su eficiencia dependa, en muchos casos, de las relaciones entre los sujetos y de las palabras, que haya estado ligada a los rituales mágico-religiosos… es también otro asunto.

Si nos manifestáramos como especie, con toda seguridad se verificaría que somos gregarios. Creo que todos los primates lo son. Pero a esa tendencia etológica a la asociación le superpusimos palabras, rituales, trabajo, objetos técnicos, ropa, lugares de encuentro. Los nexos culturales crearon condiciones de posibilidad para sobrevivir que no son instintivas, que no vienen con la dotación original. Para nosotros, la diferencia entre vivir y morir puede ser una grajea que adquirimos en la droguería, a cambio de unos trozos de papel legitimados en otras prácticas. ¿Cuánto tiempo podríamos subsistir sin el apoyo de la cultura, sin sus herramientas, sin sus acumulados? Ciertos programas de TV intentan escenificarlo —“Supervivencia al desnudo”, de Discovery channel, por ejemplo—, pero la persona que enfrenta —a sueldo— el entorno natural se ha especializado, se ha preparado para ello, es un manojo de soluciones prácticas: vemos en esos programas que saben discriminar veneno, peligro, riesgo, posibilidad, etc.; que repiten herramientas, que buscan cobijo, tal como se los ha enseñado la cultura. No pueden darse el lujo del ensayo-error que cuesta generaciones (y vidas).

Nuestra forma social de vida crea condiciones para que se reproduzcan ciertos agentes nocivos, para que pasen a otros huéspedes. Por mucho tiempo, no lo supimos. Algunas pestes en los animales están asociadas al hecho de que los hemos confinado; tal vez no las vivirían de la misma forma si estuvieran en libertad. Hemos vuelto pandemia enfermedades que no tendrían por qué serlo. Y no las vivimos como el animal que se resigna, mientras las defensas hacen su labor, sino como el ser hablante que encuentra la causa en algo que está previamente concebido: un castigo por una falta, por ejemplo. En su afán desmesurado por hacer algo con esa cosa extraña que lleva por dentro (y que lo hace proferir insultos y poemas), el hombre también ha ido entendiendo; desde antiguo, se sabía que la comida intervenía en la convalecencia; que había que sacar la muela que atormenta, que lavarse las manos es beneficioso para tratar a los enfermos… aun sin saber exactamente por qué. Ante las pestes, cierta perspicacia apuntó a la cuarentena, al confinamiento, a la cremación de los caídos. Sólo hace muy poco —en el siglo XVII— conocimos los microorganismos; luego los relacionamos con las enfermedades. No es lo mismo enfrentar una pandemia sin saber que tenemos unos huéspedes diminutos que nos invaden, al extremo de aniquilar al anfitrión, gracias a su “sistema para obtener réplicas” (los virus no se reproducen, sino que ponen a las células de cuerpo huésped a producir réplicas suyas). Conocerlos y aprender a aniquilar los “dañinos” fue un solo proyecto. Aprendimos que la exposición a algunos organismos produce un blindaje contra futuras infecciones del mismo agente. Manipular esta lógica permitió, a finales del siglo XVIII —de manera más o menos salvaje—, aplicar la primera vacuna. Desde entonces, podemos evitar una pandemia, vacunando. Las vacunas no sólo han salvado a muchas personas, sino que incluso han puesto fin a ciertas enfermedades. Ya avanzado el siglo XIX hicimos un hallazgo que condujo a la concreción del ADN y el ARN. La lógica de las vacunas se amplió: hoy en día, algunas no inoculan el germen, sino que insertan antígenos en vectores de ADN para inducir una respuesta inmunitaria.

Con cierto control sobre las condiciones que garantizan la supervivencia, hemos desarrollado lazos e intercambios que atraviesan el planeta y que diseminan un nuevo virus, como el Covid-19 (primo del M-19), en un par de meses por el orbe. Un poco más rápido la OMS nos hace conocer las cifras y sugiere las medidas de urgencia.

Somos todo menos ecológicos, somos la civilización del matamoscas, del repelente, del insecticida, del antibiótico. No tenemos depredadores (sólo por accidente un ser humano sirve de pitanza a un animal). Somos una plaga, la peste de otros animales.

 


lunes, 22 de febrero de 2021

PANDEMIA OBSCENA

 



Aliex Trujillo García

“El cuarto como lugar del retraimiento, más que de la retirada y el retiro.”

Bernd Stiegler en, La quietud en movimiento.

 

 

Ha terminado, lo dicen los cálculos estocásticos que ejecutan modelos de epidemia, con frecuencia y alcance de contacto. Podemos salir. Pero. Los huesos adoloridos lo despertaban con reiteración, más allá de la hora conveniente, y de esto se lamentaba. También lo despertaba la vejiga, llena como un animal a lo dentro. Trabajaba hasta tarde a costa del estímulo del café, que es diurético. Cumplió 50 años en esta situación prolongada; que contribuyó a un acné glúteo, a la evidencia de ostentar una postura corporal inconveniente y al espasmo de un frío crónico en pies y cabeza.

Se estiraba sin incorporarse de la cama, con un método propio. El estiramiento era tan breve y modesto como podía. El baño estaba a seis perezosos pasos, y los reptaba uno sobre el otro. Cumplía todas las obligaciones fisiológicas al alcance de sus costumbres. Contribuía con la sanidad abriéndole paso al agua de la montaña, la cual llegaba después de una complicada red urbana. Al salir de la alcoba empezaba el día, familiar a una gran cantidad de otros días adyacentes. Afuera del cuarto estaba el olor del café, la primera cosa de todas. Comía la fruta amarilla y alargada, de fragancia escandalosa. Después de lo cual, y protegido, salía en la bicicleta por los kilómetros de una ruta de árboles sembrados por el jardín botánico de la nación, ruta que alargaba las paredes del encierro, en una cinta anudada que siempre regresaba.

Al principio de la reclusión había estado tomando el sol en una franja matutina que se perfilaba en el garaje del edificio. La vitamina d —decían— era uno de los elementos para la contención de la epidemia, también se alimentó mejor que nunca. Los insumos nutricionales llegaban a domicilio, directamente de la plaza de mercado más grande de la ciudad.

La reclusión fue al principio más seria, más dramática; por entonces, recurrió a una máquina cardiovascular para ejercitarse, no porque tuviera corazón ella misma, sino porque entrenaba el corazón del practicante. En propiedad, la susodicha se había estado usando para colgar ropa, bolsos, sombreros y un cordón de zapato. Encima de la máquina recorrió miles de kilómetros a un mismo ritmo, con esfuerzos discretos y oyendo música en cuatro tiempos. En medio de la marea cardiovascular, la vista daba a la calle, como si fuera un friso la ventana, la cortina estaba siempre recién retirada. La vecina pasaba con un perro puntual y territorial. Siempre la bienaventurada mascota detenía a su destacada dueña en un encuadre que sube y baja, como en el territorio de Perq, visitado en un cuento por Cortázar. Sube y baja. Sí. Siempre en una de las verticales de los tercios de oro del encuadre obligado. La contemplación reciprocante y sudorosa, le resolvía problemas tácticos y, cuando el oxígeno era más necesario, se concentró en el instrumento más pequeño, retirado y esporádico de la música que sonaba. Así, sin peligros, podía cerrar los ojos.

En el aislamiento, recurría al mito de los libros como otra forma de un exterior secuestrado, de viajar por lo sublime sin poner en peligro, de forma perceptible, la ilusoria integridad celular y molecular. Aprovechó el mito, leyó unas novelas, cuentos clásicos, libros de ensayos, una biografía, y filosofía oriental. Entre otras lecturas. Convivía con el pesimismo ilustrado y el optimismo indiferente. Le faltó espacio a la fatiga acumulada y la válvula física fue la rutina. Sin embargo, hay algo épico en el viaje sedentario, dijo Bernd Stiegler muy tranquilo.

Los pasos se acumularon sobre el piso de granito, que mostró el desgaste reciente de los miles de recorridos, de la cocina a los libros, de la sala al estudio, de la mesa al escritorio, del patio al baño, del sofá al sillón. Al mismo tiempo, la necesidad remota multiplicó las reuniones de la simulación, las clases de la emulación, las visitas de la erosión; actividades que transcurrían con devoción sentada, en un ámbito de aristas rectas, diagonal en pulgadas y luz de diodo.

Por otra parte, pasó diferentes etapas de obsesión, una que vestía de propósito logístico: acaparamiento de papel higiénico, enlatados y granos, siete linternas recargables, semillas y tierra. En otra etapa fue la siembra. Hizo un vivero, un fracaso después de muchas fotos y los escasos siete centímetros de crecimiento. Además, sembró medias papas, medias zanahorias, medias cebollas, medias remolachas. Los brotes languidecieron como los misterios. Las arvejas germinadas se enredaron frágiles y sin flores, hasta morir. Le trajeron lombrices californianas que murieron en aquella bandeja con desperdicios orgánicos y manto de poli-sombra, la misma bandeja que humedeció cada mañana con esplendor. Le regalaron un tronco con hongos comestibles (shiitake creo que se llaman), con unas confusas instrucciones que rogaban por la oscuridad y la humedad. No se podía partir el tronco. Sin embargo, se le partió. Lo unió con tres palos para brocheta y lo puso en el fondo vacío de la alberca. A ese tronco le sacó una cosecha que convirtió en tres sopas y tres veces con huevo. Posteriormente, le llegó la obsesión por la limpieza y la cocina. Cepillaba al apartamento con todos los ácidos, cloros, jabones e hidróxido de sodio diluido. Todo lo cocinó con alta presión de vapor, más rápido.  Dejaba la carne descongelando desde la noche anterior. El almuerzo era a las doce y la ensalada fresca era de rúgula, rábanos y tomate. Por las noches, en los momentos del cansancio agudo, recurría al sofá, se aplicaba ungüentos y bandas sonoras románticas. Otras obsesiones fueron familiares, una olla de barro repleta de golosinas, y fiestas inventadas que tenían adornos enfáticos. Además, la obsesión de cuidar los peces, el juego de parchís después de almuerzo, la película cómica del domingo y la lectura de ciencia ficción.

Cuando se acababa la noche, se repetía, no el tiempo escaso del mundo sino el espacio imperativo de los detalles, porque el retraimiento no termina.

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  Aliex Trujillo García Deben examinarse todas las partes del objeto, aun las más insignificantes,sin omitir ninguna; con expresión del or...