lunes, 22 de febrero de 2021

PANDEMIA OBSCENA

 



Aliex Trujillo García

“El cuarto como lugar del retraimiento, más que de la retirada y el retiro.”

Bernd Stiegler en, La quietud en movimiento.

 

 

Ha terminado, lo dicen los cálculos estocásticos que ejecutan modelos de epidemia, con frecuencia y alcance de contacto. Podemos salir. Pero. Los huesos adoloridos lo despertaban con reiteración, más allá de la hora conveniente, y de esto se lamentaba. También lo despertaba la vejiga, llena como un animal a lo dentro. Trabajaba hasta tarde a costa del estímulo del café, que es diurético. Cumplió 50 años en esta situación prolongada; que contribuyó a un acné glúteo, a la evidencia de ostentar una postura corporal inconveniente y al espasmo de un frío crónico en pies y cabeza.

Se estiraba sin incorporarse de la cama, con un método propio. El estiramiento era tan breve y modesto como podía. El baño estaba a seis perezosos pasos, y los reptaba uno sobre el otro. Cumplía todas las obligaciones fisiológicas al alcance de sus costumbres. Contribuía con la sanidad abriéndole paso al agua de la montaña, la cual llegaba después de una complicada red urbana. Al salir de la alcoba empezaba el día, familiar a una gran cantidad de otros días adyacentes. Afuera del cuarto estaba el olor del café, la primera cosa de todas. Comía la fruta amarilla y alargada, de fragancia escandalosa. Después de lo cual, y protegido, salía en la bicicleta por los kilómetros de una ruta de árboles sembrados por el jardín botánico de la nación, ruta que alargaba las paredes del encierro, en una cinta anudada que siempre regresaba.

Al principio de la reclusión había estado tomando el sol en una franja matutina que se perfilaba en el garaje del edificio. La vitamina d —decían— era uno de los elementos para la contención de la epidemia, también se alimentó mejor que nunca. Los insumos nutricionales llegaban a domicilio, directamente de la plaza de mercado más grande de la ciudad.

La reclusión fue al principio más seria, más dramática; por entonces, recurrió a una máquina cardiovascular para ejercitarse, no porque tuviera corazón ella misma, sino porque entrenaba el corazón del practicante. En propiedad, la susodicha se había estado usando para colgar ropa, bolsos, sombreros y un cordón de zapato. Encima de la máquina recorrió miles de kilómetros a un mismo ritmo, con esfuerzos discretos y oyendo música en cuatro tiempos. En medio de la marea cardiovascular, la vista daba a la calle, como si fuera un friso la ventana, la cortina estaba siempre recién retirada. La vecina pasaba con un perro puntual y territorial. Siempre la bienaventurada mascota detenía a su destacada dueña en un encuadre que sube y baja, como en el territorio de Perq, visitado en un cuento por Cortázar. Sube y baja. Sí. Siempre en una de las verticales de los tercios de oro del encuadre obligado. La contemplación reciprocante y sudorosa, le resolvía problemas tácticos y, cuando el oxígeno era más necesario, se concentró en el instrumento más pequeño, retirado y esporádico de la música que sonaba. Así, sin peligros, podía cerrar los ojos.

En el aislamiento, recurría al mito de los libros como otra forma de un exterior secuestrado, de viajar por lo sublime sin poner en peligro, de forma perceptible, la ilusoria integridad celular y molecular. Aprovechó el mito, leyó unas novelas, cuentos clásicos, libros de ensayos, una biografía, y filosofía oriental. Entre otras lecturas. Convivía con el pesimismo ilustrado y el optimismo indiferente. Le faltó espacio a la fatiga acumulada y la válvula física fue la rutina. Sin embargo, hay algo épico en el viaje sedentario, dijo Bernd Stiegler muy tranquilo.

Los pasos se acumularon sobre el piso de granito, que mostró el desgaste reciente de los miles de recorridos, de la cocina a los libros, de la sala al estudio, de la mesa al escritorio, del patio al baño, del sofá al sillón. Al mismo tiempo, la necesidad remota multiplicó las reuniones de la simulación, las clases de la emulación, las visitas de la erosión; actividades que transcurrían con devoción sentada, en un ámbito de aristas rectas, diagonal en pulgadas y luz de diodo.

Por otra parte, pasó diferentes etapas de obsesión, una que vestía de propósito logístico: acaparamiento de papel higiénico, enlatados y granos, siete linternas recargables, semillas y tierra. En otra etapa fue la siembra. Hizo un vivero, un fracaso después de muchas fotos y los escasos siete centímetros de crecimiento. Además, sembró medias papas, medias zanahorias, medias cebollas, medias remolachas. Los brotes languidecieron como los misterios. Las arvejas germinadas se enredaron frágiles y sin flores, hasta morir. Le trajeron lombrices californianas que murieron en aquella bandeja con desperdicios orgánicos y manto de poli-sombra, la misma bandeja que humedeció cada mañana con esplendor. Le regalaron un tronco con hongos comestibles (shiitake creo que se llaman), con unas confusas instrucciones que rogaban por la oscuridad y la humedad. No se podía partir el tronco. Sin embargo, se le partió. Lo unió con tres palos para brocheta y lo puso en el fondo vacío de la alberca. A ese tronco le sacó una cosecha que convirtió en tres sopas y tres veces con huevo. Posteriormente, le llegó la obsesión por la limpieza y la cocina. Cepillaba al apartamento con todos los ácidos, cloros, jabones e hidróxido de sodio diluido. Todo lo cocinó con alta presión de vapor, más rápido.  Dejaba la carne descongelando desde la noche anterior. El almuerzo era a las doce y la ensalada fresca era de rúgula, rábanos y tomate. Por las noches, en los momentos del cansancio agudo, recurría al sofá, se aplicaba ungüentos y bandas sonoras románticas. Otras obsesiones fueron familiares, una olla de barro repleta de golosinas, y fiestas inventadas que tenían adornos enfáticos. Además, la obsesión de cuidar los peces, el juego de parchís después de almuerzo, la película cómica del domingo y la lectura de ciencia ficción.

Cuando se acababa la noche, se repetía, no el tiempo escaso del mundo sino el espacio imperativo de los detalles, porque el retraimiento no termina.

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