“El cuarto como lugar del retraimiento, más que de la
retirada y el retiro.”
Bernd Stiegler en, La quietud en movimiento.
Ha terminado, lo dicen los
cálculos estocásticos que ejecutan modelos de epidemia, con frecuencia y alcance
de contacto. Podemos salir. Pero. Los huesos adoloridos lo despertaban con
reiteración, más allá de la hora conveniente, y de esto se lamentaba. También
lo despertaba la vejiga, llena como un animal a lo dentro. Trabajaba hasta
tarde a costa del estímulo del café, que es diurético. Cumplió 50 años en esta
situación prolongada; que contribuyó a un acné glúteo, a la evidencia de
ostentar una postura corporal inconveniente y al espasmo de un frío crónico en
pies y cabeza.
Se estiraba sin incorporarse
de la cama, con un método propio. El estiramiento era tan breve y modesto como podía.
El baño estaba a seis perezosos pasos, y los reptaba uno sobre el otro. Cumplía
todas las obligaciones fisiológicas al alcance de sus costumbres. Contribuía
con la sanidad abriéndole paso al agua de la montaña, la cual llegaba después
de una complicada red urbana. Al salir de la alcoba empezaba el día, familiar a
una gran cantidad de otros días adyacentes. Afuera del cuarto estaba el olor
del café, la primera cosa de todas. Comía la fruta amarilla y alargada, de
fragancia escandalosa. Después de lo cual, y protegido, salía en la bicicleta
por los kilómetros de una ruta de árboles sembrados por el jardín botánico de
la nación, ruta que alargaba las paredes del encierro, en una cinta anudada que
siempre regresaba.
Al principio de la reclusión
había estado tomando el sol en una franja matutina que se perfilaba en el
garaje del edificio. La vitamina d —decían— era uno de los elementos para la contención
de la epidemia, también se alimentó mejor que nunca. Los insumos nutricionales llegaban
a domicilio, directamente de la plaza de mercado más grande de la ciudad.
La reclusión fue al principio
más seria, más dramática; por entonces, recurrió a una máquina cardiovascular
para ejercitarse, no porque tuviera corazón ella misma, sino porque entrenaba
el corazón del practicante. En propiedad, la susodicha se había estado usando
para colgar ropa, bolsos, sombreros y un cordón de zapato. Encima de la máquina
recorrió miles de kilómetros a un mismo ritmo, con esfuerzos discretos y oyendo
música en cuatro tiempos. En medio de la marea cardiovascular, la vista daba a
la calle, como si fuera un friso la ventana, la cortina estaba siempre recién
retirada. La vecina pasaba con un perro puntual y territorial. Siempre la
bienaventurada mascota detenía a su destacada dueña en un encuadre que sube y
baja, como en el territorio de Perq, visitado en un cuento por Cortázar.
Sube y baja. Sí. Siempre en una de las verticales de los tercios de oro del
encuadre obligado. La contemplación reciprocante y sudorosa, le resolvía
problemas tácticos y, cuando el oxígeno era más necesario, se concentró en el
instrumento más pequeño, retirado y esporádico de la música que sonaba. Así,
sin peligros, podía cerrar los ojos.
En el aislamiento, recurría al
mito de los libros como otra forma de un exterior secuestrado, de viajar por lo
sublime sin poner en peligro, de forma perceptible, la ilusoria integridad celular
y molecular. Aprovechó el mito, leyó unas novelas, cuentos clásicos, libros de ensayos,
una biografía, y filosofía oriental. Entre otras lecturas. Convivía con el pesimismo
ilustrado y el optimismo indiferente. Le faltó espacio a la fatiga acumulada y la
válvula física fue la rutina. Sin embargo, hay algo épico en el viaje
sedentario, dijo Bernd Stiegler muy tranquilo.
Los pasos se acumularon sobre el
piso de granito, que mostró el desgaste reciente de los miles de recorridos, de
la cocina a los libros, de la sala al estudio, de la mesa al escritorio, del
patio al baño, del sofá al sillón. Al mismo tiempo, la necesidad remota multiplicó
las reuniones de la simulación, las clases de la emulación, las visitas de la
erosión; actividades que transcurrían con devoción sentada, en un ámbito de
aristas rectas, diagonal en pulgadas y luz de diodo.
Por otra parte, pasó
diferentes etapas de obsesión, una que vestía de propósito logístico:
acaparamiento de papel higiénico, enlatados y granos, siete linternas
recargables, semillas y tierra. En otra etapa fue la siembra. Hizo un vivero, un
fracaso después de muchas fotos y los escasos siete centímetros de crecimiento.
Además, sembró medias papas, medias zanahorias, medias cebollas, medias
remolachas. Los brotes languidecieron como los misterios. Las arvejas
germinadas se enredaron frágiles y sin flores, hasta morir. Le trajeron
lombrices californianas que murieron en aquella bandeja con desperdicios
orgánicos y manto de poli-sombra, la misma bandeja que humedeció cada mañana con
esplendor. Le regalaron un tronco con hongos comestibles (shiitake creo que se
llaman), con unas confusas instrucciones que rogaban por la oscuridad y la
humedad. No se podía partir el tronco. Sin embargo, se le partió. Lo unió con
tres palos para brocheta y lo puso en el fondo vacío de la alberca. A ese
tronco le sacó una cosecha que convirtió en tres sopas y tres veces con huevo. Posteriormente,
le llegó la obsesión por la limpieza y la cocina. Cepillaba al apartamento con
todos los ácidos, cloros, jabones e hidróxido de sodio diluido. Todo lo cocinó
con alta presión de vapor, más rápido. Dejaba
la carne descongelando desde la noche anterior. El almuerzo era a las doce y la
ensalada fresca era de rúgula, rábanos y tomate. Por las noches, en los momentos
del cansancio agudo, recurría al sofá, se aplicaba ungüentos y bandas sonoras románticas.
Otras obsesiones fueron familiares, una olla de barro repleta de golosinas, y
fiestas inventadas que tenían adornos enfáticos. Además, la obsesión de cuidar
los peces, el juego de parchís después de almuerzo, la película cómica del
domingo y la lectura de ciencia ficción.
Cuando se acababa la noche, se
repetía, no el tiempo escaso del mundo sino el espacio imperativo de los
detalles, porque el retraimiento no termina.
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