Aliex Trujillo García
Si quieres crear tu propia marca, primero conócete a ti mismo
Blog de mercadología
Esta noción [estructura del cuidado], que
podría entenderse como una acción introspectiva al asociarse al “conócete a ti
mismo”, provoca un recorrido que puede ser doloroso, al demandar una mirada
hacia nuestro interior.
Proyecto Educativo Conócete a ti mismo
Se tiene un concepto más o menos vago
de lo que es una epidemia (y de lo que es una filosofía). Se podría decir que hay
suficientes modelos matemáticos para entender los patrones de las epidemias, en
cuanto al efecto de la circulación de una información destructiva, que tiene
una probabilidad alarmante de matar al receptor. El modelo robusto aprende cada
vez que falla en alguna predicción. El nivel de sofisticación de este modelo
está soportado por grandes bases de datos. Por eso, donde no existen anales
médicos, por ejemplo, la minería de datos, que alimenta a los modelos
epidemiológicos de enfermedades, queda inutilizada. Los modelos tienen sus
propios problemas y aprenden. Es aquí donde la criatura humana, elemento
principal a considerar en una epidemia, no aprende ni siquiera con el efectivo
miedo al contagio ¿Pasa con todas las epidemias? La filosofía tiene baja taza
de contagio, es fácil adquirir la inmunidad a la perplejidad del lenguaje. Esta
frase manda, como presagio y por los siglos de los siglos, a conocerse a sí
mismo. La epidemia en filosofía, y salvando a penas la metáfora, podría ser la
propagación de una frase a la que se le atribuya la reunión de la verdad. La
epidemia es a la base de datos como la filosofía a una frase.
Los caracteres del oráculo existieron ―dan fe míticos cronistas― tallados en la piedra elevada y
sostenida. Las letras formaban una sentencia por la que muchos sabios sienten especial
cariño porque, con presunción, invita a creer en los productos de la introspección.
Es una idea encallada en el espíritu de los que tienen por profesión pensar, y
hablar todo lo necesario para seguir pensando. Los filósofos son muy
desconfiados, como todo gremio consolidado por la contención de la experiencia
posterior a pensar. Por eso, el examen, que funda el interior del pensar, tiene
el lugar que se ha ganado, pues las sentencias siempre han sido el ardid al que
responde la técnica de lo imaginado.
Los filósofos que hablaban con
enseñanzas de género breve quedaron en la antigüedad, así se traigan a rastras.
Los escolios, exergos, epitafios y aforismos lo aprovechan los políticos
publicistas, los empresarios políticos y el coaching. Los filósofos llamaron
prolegómenos a extensas introducciones que dan testimonio de la inmensidad de
la tarea, desde Ibn Jaldún hasta Derrida, pasando por Kant. Otras obras, como La
fenomenología del espíritu o Ser y tiempo o Crítica de la razón
pura, son famosas también por su generosa profundidad exacerbada. Todas estas
producciones renunciaron al género breve de los antiguos sabios de occidente,
que sólo tenían poemas orales como programa de sus intercambios culturales.
Los filósofos
son necesarios a priori. De igual forma se toma “Conócete a ti mismo[1]” como
verdadera. Las palabras caladas sobrevivieron a la arquitectura del oráculo, a la
demolición eterna del templo consagrado, en la guerra siempre renovada contra
los bárbaros. Otra proporción
geométrica. Los filósofos son necesarios como la frase es verdadera. Conocerse
a sí mismo (consejo y mandato) es la sentencia que brinda un servicio oracular.
El camino de la virtud está en desentrañar lo que quiere decir tomarse a sí
mismo como objeto del conocimiento, que haya un lugar ahí, a donde apunta una
aprehensión a lo sistemático.
Otros filósofos vacunados, no
confirman, en la expresión de marras, ningún dato. Consideran sobrestimado el
sentido atribuido a la frase horadada en el pronaos del templo bendecido con el
dios de la verdad. Apolo sostiene un axioma de conducta[2],
una exhortación cariñosa y crítica con la que fundar mitos, que se desestimarán
o le heredarán a la ciencia de intensa circulación simbólica, enriquecida con
método, accidentes y serendipias. El símbolo es un pedazo de algo a completar,
como la insinuación, la ironía y la impaciencia. La famosa frase es un
detonador bien recibido por muchos, invita al mejoramiento continuo de un
tesoro, o a una devoción a los ejercicios de respiración. La frase produce el deseo
de completar lo sugerido, de terminar la oración con un tratado sobre la mirada
de cada uno reflejada en los ojos de algún otro. Además, se usa para afianzar
una interioridad imaginaria, con las oportunidades de los viajes de supervisión
a la conciencia.
Es un principio occidental que la
verdad sea lo que sobreviva a la cadena de conversaciones, la escritura es ya
una traición admitida y conveniente a este principio. La literatura de autoayuda
es la que está recogiendo las banderas del vaticinio, caída entre los girones
de la democracia: lo que está bien para la mayoría, está bien para todos. Hasta
para eso alcanza este símbolo arrancado a la piedra, conócete a ti mismo, una
unidad de comprensión generalizada, y referente protocolar para una filosofía. La
autoayuda está haciendo mejor su propaganda simplificada, explotando la frase
por la frase misma; que la filosofía, en hacer que alcance, para más hombres, la
sabiduría conquistada.
[1] tal como eres, agrega Dalai Lama.
[2] En una entrevista que le hicieron a Apolo, este
responde con una sola frase, pudiendo y soliendo hablar con despilfarro. Con
una sola frase responde el dios a la joven periodista, que mal disimulaba su
ardor. Es una deidad antigua y letrada. Apolo sabe la importancia que tiene una
frase para los hombres, pero no ha logrado acordarse cuándo se la dijo al
antiguo sacerdote a su servicio. El olímpico le iba a dar una elocuente y
extensa explicación a la reportera, puesto que era una oportunidad más para
intentar aclarar el caso. Pero, no pudo, él, un dios consumado, tuvo que
repetir la odiosa exhortación breve y reflexiva. La joven periodista le había
preguntado ¿Qué consejo le da usted a la humanidad?