No se trata de prescindir del orden
inteligente que una sociedad introduce en el desorden de una calamidad.
Camus. La peste
Al decir “¡Hágase la luz!”, Dios arrojó en
aerosol partículas de saliva con organismos impalpables para nuestra capacidad
visual.
Sin telos
de por medio, Las andanzas y devaneos de las formas de vida terminan
beneficiando o condenando a unos y otros. El único equilibrio posible es la
secuela de tales peripecias. Unas especies sobreviven, otras “ya son historia”.
Usan lo contingente, pero también intentan conjurarlo. Se sirven de hospedaje —voluntario
o no—, intercambian servicios; se usan para alimentarse y para reproducirse. De
este intercambio resulta una normalidad corporal que es, en realidad, una pasajera
estabilización de la patología. Los microorganismos han estado desde el
comienzo: son idénticos a los de hoy; incluso algunos son los mismos, si hemos
de considerar una forma de perpetuarse que asigna equitativamente a ambas
partes la substancia hereditaria. Su difusión es uno de los retos a la
capacidad de supervivencia de las especies y ha sido contemporánea con la vida
humana. Si todavía estamos aquí es porque hemos resistido, como las demás especies
supérstites, a su presencia en nuestro cuerpo. Pero no sólo experimentamos la
“maluquera”, de la cual sabrán ocuparse las defensas —con o sin acierto—, sino
que ejercemos una práctica propiamente humana. De igual manera, no comemos,
simplemente, sino que exponemos los alimentos al fuego, al adobo, a la sal, al humo;
y comemos alimentos —murciélagos de Wuhan, por ejemplo— que no se corresponden
con nuestra morfología. No atemorizamos al predador mostrándole los dientes, no
expelemos algo que lo ahuyente (a no ser que nos caguemos de miedo)… no, hemos
utilizado herramientas, fuego, trampas, armas… Y, bueno, esa práctica es la medicina,
tan antigua como el hombre, pues responde a una pregunta y sólo los hombres se
hacen preguntas. Que su aplicación haya servido o no, es otra cosa (recuerden
la triaca de la que nos habló Pacho); que su eficiencia dependa, en muchos
casos, de las relaciones entre los sujetos y de las palabras, que haya estado
ligada a los rituales mágico-religiosos… es también otro asunto.
Si nos manifestáramos
como especie, con toda seguridad se verificaría que somos gregarios. Creo que todos
los primates lo son. Pero a esa tendencia etológica a la asociación le
superpusimos palabras, rituales, trabajo, objetos técnicos, ropa, lugares de
encuentro. Los nexos culturales crearon condiciones de posibilidad para
sobrevivir que no son instintivas, que no vienen con la dotación original. Para
nosotros, la diferencia entre vivir y morir puede ser una grajea que adquirimos
en la droguería, a cambio de unos trozos de papel legitimados en otras prácticas.
¿Cuánto tiempo podríamos subsistir sin el apoyo de la cultura, sin sus herramientas,
sin sus acumulados? Ciertos programas de TV intentan escenificarlo —“Supervivencia
al desnudo”, de Discovery channel, por ejemplo—, pero la persona que enfrenta —a
sueldo— el entorno natural se ha especializado, se ha preparado para ello, es
un manojo de soluciones prácticas: vemos en esos programas que saben
discriminar veneno, peligro, riesgo, posibilidad, etc.; que repiten
herramientas, que buscan cobijo, tal como se los ha enseñado la cultura. No
pueden darse el lujo del ensayo-error que cuesta generaciones (y vidas).
Nuestra
forma social de vida crea condiciones para que se reproduzcan ciertos agentes nocivos,
para que pasen a otros huéspedes. Por mucho tiempo, no lo supimos. Algunas
pestes en los animales están asociadas al hecho de que los hemos confinado; tal
vez no las vivirían de la misma forma si estuvieran en libertad. Hemos vuelto pandemia enfermedades que no tendrían
por qué serlo. Y no las vivimos como el animal que se resigna, mientras las
defensas hacen su labor, sino como el ser hablante que encuentra la causa en
algo que está previamente concebido: un castigo por una falta, por ejemplo. En
su afán desmesurado por hacer algo con esa cosa extraña que lleva por dentro (y
que lo hace proferir insultos y poemas), el hombre también ha ido entendiendo;
desde antiguo, se sabía que la comida intervenía en la convalecencia; que había
que sacar la muela que atormenta, que lavarse las manos es beneficioso para
tratar a los enfermos… aun sin saber exactamente por qué. Ante las pestes, cierta
perspicacia apuntó a la cuarentena, al confinamiento, a la cremación de los
caídos. Sólo hace muy poco —en el siglo XVII— conocimos los microorganismos; luego
los relacionamos con las enfermedades. No es lo mismo enfrentar una pandemia
sin saber que tenemos unos huéspedes diminutos que nos invaden, al extremo de
aniquilar al anfitrión, gracias a su “sistema para obtener réplicas” (los virus
no se reproducen, sino que ponen a las células de cuerpo huésped a producir
réplicas suyas). Conocerlos y aprender a aniquilar los “dañinos” fue un solo
proyecto. Aprendimos que la exposición a algunos organismos produce un blindaje
contra futuras infecciones del mismo agente. Manipular esta lógica permitió, a
finales del siglo XVIII —de manera más o menos salvaje—, aplicar la primera
vacuna. Desde entonces, podemos evitar una pandemia, vacunando. Las vacunas no
sólo han salvado a muchas personas, sino que incluso han puesto fin a ciertas
enfermedades. Ya avanzado el siglo XIX hicimos un hallazgo que condujo a la concreción
del ADN y el ARN. La lógica de las vacunas se amplió: hoy en día, algunas no
inoculan el germen, sino que insertan antígenos en vectores de ADN para inducir
una respuesta inmunitaria.
Con cierto
control sobre las condiciones que garantizan la supervivencia, hemos
desarrollado lazos e intercambios que atraviesan el planeta y que diseminan un
nuevo virus, como el Covid-19 (primo del M-19), en un par de meses por el orbe.
Un poco más rápido la OMS nos hace conocer las cifras y sugiere las medidas de
urgencia.
Somos todo
menos ecológicos, somos la civilización del matamoscas, del repelente, del
insecticida, del antibiótico. No tenemos depredadores (sólo por accidente un
ser humano sirve de pitanza a un animal). Somos una plaga, la peste de otros
animales.