martes, 23 de febrero de 2021

SOMOS LA PESTE


Guillermo Bustamante Zamudio

No se trata de prescindir del orden inteligente que una sociedad introduce en el desorden de una calamidad.

Camus. La peste

 

Al decir “¡Hágase la luz!”, Dios arrojó en aerosol partículas de saliva con organismos impalpables para nuestra capacidad visual.

Sin telos de por medio, Las andanzas y devaneos de las formas de vida terminan beneficiando o condenando a unos y otros. El único equilibrio posible es la secuela de tales peripecias. Unas especies sobreviven, otras “ya son historia”. Usan lo contingente, pero también intentan conjurarlo. Se sirven de hospedaje —voluntario o no—, intercambian servicios; se usan para alimentarse y para reproducirse. De este intercambio resulta una normalidad corporal que es, en realidad, una pasajera estabilización de la patología. Los microorganismos han estado desde el comienzo: son idénticos a los de hoy; incluso algunos son los mismos, si hemos de considerar una forma de perpetuarse que asigna equitativamente a ambas partes la substancia hereditaria. Su difusión es uno de los retos a la capacidad de supervivencia de las especies y ha sido contemporánea con la vida humana. Si todavía estamos aquí es porque hemos resistido, como las demás especies supérstites, a su presencia en nuestro cuerpo. Pero no sólo experimentamos la “maluquera”, de la cual sabrán ocuparse las defensas —con o sin acierto—, sino que ejercemos una práctica propiamente humana. De igual manera, no comemos, simplemente, sino que exponemos los alimentos al fuego, al adobo, a la sal, al humo; y comemos alimentos —murciélagos de Wuhan, por ejemplo— que no se corresponden con nuestra morfología. No atemorizamos al predador mostrándole los dientes, no expelemos algo que lo ahuyente (a no ser que nos caguemos de miedo)… no, hemos utilizado herramientas, fuego, trampas, armas… Y, bueno, esa práctica es la medicina, tan antigua como el hombre, pues responde a una pregunta y sólo los hombres se hacen preguntas. Que su aplicación haya servido o no, es otra cosa (recuerden la triaca de la que nos habló Pacho); que su eficiencia dependa, en muchos casos, de las relaciones entre los sujetos y de las palabras, que haya estado ligada a los rituales mágico-religiosos… es también otro asunto.

Si nos manifestáramos como especie, con toda seguridad se verificaría que somos gregarios. Creo que todos los primates lo son. Pero a esa tendencia etológica a la asociación le superpusimos palabras, rituales, trabajo, objetos técnicos, ropa, lugares de encuentro. Los nexos culturales crearon condiciones de posibilidad para sobrevivir que no son instintivas, que no vienen con la dotación original. Para nosotros, la diferencia entre vivir y morir puede ser una grajea que adquirimos en la droguería, a cambio de unos trozos de papel legitimados en otras prácticas. ¿Cuánto tiempo podríamos subsistir sin el apoyo de la cultura, sin sus herramientas, sin sus acumulados? Ciertos programas de TV intentan escenificarlo —“Supervivencia al desnudo”, de Discovery channel, por ejemplo—, pero la persona que enfrenta —a sueldo— el entorno natural se ha especializado, se ha preparado para ello, es un manojo de soluciones prácticas: vemos en esos programas que saben discriminar veneno, peligro, riesgo, posibilidad, etc.; que repiten herramientas, que buscan cobijo, tal como se los ha enseñado la cultura. No pueden darse el lujo del ensayo-error que cuesta generaciones (y vidas).

Nuestra forma social de vida crea condiciones para que se reproduzcan ciertos agentes nocivos, para que pasen a otros huéspedes. Por mucho tiempo, no lo supimos. Algunas pestes en los animales están asociadas al hecho de que los hemos confinado; tal vez no las vivirían de la misma forma si estuvieran en libertad. Hemos vuelto pandemia enfermedades que no tendrían por qué serlo. Y no las vivimos como el animal que se resigna, mientras las defensas hacen su labor, sino como el ser hablante que encuentra la causa en algo que está previamente concebido: un castigo por una falta, por ejemplo. En su afán desmesurado por hacer algo con esa cosa extraña que lleva por dentro (y que lo hace proferir insultos y poemas), el hombre también ha ido entendiendo; desde antiguo, se sabía que la comida intervenía en la convalecencia; que había que sacar la muela que atormenta, que lavarse las manos es beneficioso para tratar a los enfermos… aun sin saber exactamente por qué. Ante las pestes, cierta perspicacia apuntó a la cuarentena, al confinamiento, a la cremación de los caídos. Sólo hace muy poco —en el siglo XVII— conocimos los microorganismos; luego los relacionamos con las enfermedades. No es lo mismo enfrentar una pandemia sin saber que tenemos unos huéspedes diminutos que nos invaden, al extremo de aniquilar al anfitrión, gracias a su “sistema para obtener réplicas” (los virus no se reproducen, sino que ponen a las células de cuerpo huésped a producir réplicas suyas). Conocerlos y aprender a aniquilar los “dañinos” fue un solo proyecto. Aprendimos que la exposición a algunos organismos produce un blindaje contra futuras infecciones del mismo agente. Manipular esta lógica permitió, a finales del siglo XVIII —de manera más o menos salvaje—, aplicar la primera vacuna. Desde entonces, podemos evitar una pandemia, vacunando. Las vacunas no sólo han salvado a muchas personas, sino que incluso han puesto fin a ciertas enfermedades. Ya avanzado el siglo XIX hicimos un hallazgo que condujo a la concreción del ADN y el ARN. La lógica de las vacunas se amplió: hoy en día, algunas no inoculan el germen, sino que insertan antígenos en vectores de ADN para inducir una respuesta inmunitaria.

Con cierto control sobre las condiciones que garantizan la supervivencia, hemos desarrollado lazos e intercambios que atraviesan el planeta y que diseminan un nuevo virus, como el Covid-19 (primo del M-19), en un par de meses por el orbe. Un poco más rápido la OMS nos hace conocer las cifras y sugiere las medidas de urgencia.

Somos todo menos ecológicos, somos la civilización del matamoscas, del repelente, del insecticida, del antibiótico. No tenemos depredadores (sólo por accidente un ser humano sirve de pitanza a un animal). Somos una plaga, la peste de otros animales.

 


lunes, 22 de febrero de 2021

PANDEMIA OBSCENA

 



Aliex Trujillo García

“El cuarto como lugar del retraimiento, más que de la retirada y el retiro.”

Bernd Stiegler en, La quietud en movimiento.

 

 

Ha terminado, lo dicen los cálculos estocásticos que ejecutan modelos de epidemia, con frecuencia y alcance de contacto. Podemos salir. Pero. Los huesos adoloridos lo despertaban con reiteración, más allá de la hora conveniente, y de esto se lamentaba. También lo despertaba la vejiga, llena como un animal a lo dentro. Trabajaba hasta tarde a costa del estímulo del café, que es diurético. Cumplió 50 años en esta situación prolongada; que contribuyó a un acné glúteo, a la evidencia de ostentar una postura corporal inconveniente y al espasmo de un frío crónico en pies y cabeza.

Se estiraba sin incorporarse de la cama, con un método propio. El estiramiento era tan breve y modesto como podía. El baño estaba a seis perezosos pasos, y los reptaba uno sobre el otro. Cumplía todas las obligaciones fisiológicas al alcance de sus costumbres. Contribuía con la sanidad abriéndole paso al agua de la montaña, la cual llegaba después de una complicada red urbana. Al salir de la alcoba empezaba el día, familiar a una gran cantidad de otros días adyacentes. Afuera del cuarto estaba el olor del café, la primera cosa de todas. Comía la fruta amarilla y alargada, de fragancia escandalosa. Después de lo cual, y protegido, salía en la bicicleta por los kilómetros de una ruta de árboles sembrados por el jardín botánico de la nación, ruta que alargaba las paredes del encierro, en una cinta anudada que siempre regresaba.

Al principio de la reclusión había estado tomando el sol en una franja matutina que se perfilaba en el garaje del edificio. La vitamina d —decían— era uno de los elementos para la contención de la epidemia, también se alimentó mejor que nunca. Los insumos nutricionales llegaban a domicilio, directamente de la plaza de mercado más grande de la ciudad.

La reclusión fue al principio más seria, más dramática; por entonces, recurrió a una máquina cardiovascular para ejercitarse, no porque tuviera corazón ella misma, sino porque entrenaba el corazón del practicante. En propiedad, la susodicha se había estado usando para colgar ropa, bolsos, sombreros y un cordón de zapato. Encima de la máquina recorrió miles de kilómetros a un mismo ritmo, con esfuerzos discretos y oyendo música en cuatro tiempos. En medio de la marea cardiovascular, la vista daba a la calle, como si fuera un friso la ventana, la cortina estaba siempre recién retirada. La vecina pasaba con un perro puntual y territorial. Siempre la bienaventurada mascota detenía a su destacada dueña en un encuadre que sube y baja, como en el territorio de Perq, visitado en un cuento por Cortázar. Sube y baja. Sí. Siempre en una de las verticales de los tercios de oro del encuadre obligado. La contemplación reciprocante y sudorosa, le resolvía problemas tácticos y, cuando el oxígeno era más necesario, se concentró en el instrumento más pequeño, retirado y esporádico de la música que sonaba. Así, sin peligros, podía cerrar los ojos.

En el aislamiento, recurría al mito de los libros como otra forma de un exterior secuestrado, de viajar por lo sublime sin poner en peligro, de forma perceptible, la ilusoria integridad celular y molecular. Aprovechó el mito, leyó unas novelas, cuentos clásicos, libros de ensayos, una biografía, y filosofía oriental. Entre otras lecturas. Convivía con el pesimismo ilustrado y el optimismo indiferente. Le faltó espacio a la fatiga acumulada y la válvula física fue la rutina. Sin embargo, hay algo épico en el viaje sedentario, dijo Bernd Stiegler muy tranquilo.

Los pasos se acumularon sobre el piso de granito, que mostró el desgaste reciente de los miles de recorridos, de la cocina a los libros, de la sala al estudio, de la mesa al escritorio, del patio al baño, del sofá al sillón. Al mismo tiempo, la necesidad remota multiplicó las reuniones de la simulación, las clases de la emulación, las visitas de la erosión; actividades que transcurrían con devoción sentada, en un ámbito de aristas rectas, diagonal en pulgadas y luz de diodo.

Por otra parte, pasó diferentes etapas de obsesión, una que vestía de propósito logístico: acaparamiento de papel higiénico, enlatados y granos, siete linternas recargables, semillas y tierra. En otra etapa fue la siembra. Hizo un vivero, un fracaso después de muchas fotos y los escasos siete centímetros de crecimiento. Además, sembró medias papas, medias zanahorias, medias cebollas, medias remolachas. Los brotes languidecieron como los misterios. Las arvejas germinadas se enredaron frágiles y sin flores, hasta morir. Le trajeron lombrices californianas que murieron en aquella bandeja con desperdicios orgánicos y manto de poli-sombra, la misma bandeja que humedeció cada mañana con esplendor. Le regalaron un tronco con hongos comestibles (shiitake creo que se llaman), con unas confusas instrucciones que rogaban por la oscuridad y la humedad. No se podía partir el tronco. Sin embargo, se le partió. Lo unió con tres palos para brocheta y lo puso en el fondo vacío de la alberca. A ese tronco le sacó una cosecha que convirtió en tres sopas y tres veces con huevo. Posteriormente, le llegó la obsesión por la limpieza y la cocina. Cepillaba al apartamento con todos los ácidos, cloros, jabones e hidróxido de sodio diluido. Todo lo cocinó con alta presión de vapor, más rápido.  Dejaba la carne descongelando desde la noche anterior. El almuerzo era a las doce y la ensalada fresca era de rúgula, rábanos y tomate. Por las noches, en los momentos del cansancio agudo, recurría al sofá, se aplicaba ungüentos y bandas sonoras románticas. Otras obsesiones fueron familiares, una olla de barro repleta de golosinas, y fiestas inventadas que tenían adornos enfáticos. Además, la obsesión de cuidar los peces, el juego de parchís después de almuerzo, la película cómica del domingo y la lectura de ciencia ficción.

Cuando se acababa la noche, se repetía, no el tiempo escaso del mundo sino el espacio imperativo de los detalles, porque el retraimiento no termina.

DIDÁCTICA MAGNA DESCARGADO

  Aliex Trujillo García Deben examinarse todas las partes del objeto, aun las más insignificantes,sin omitir ninguna; con expresión del or...