Un niño, que llevaba a cabo acciones
torpes con las manos, es reprendido por mamá: “¡Cochino! ¿Quién le enseñó eso?”.
Y el niño: “Estoy aplicando la máxima Conócete a ti mismo”.
Estamos atravesados
por una incógnita. No sabemos cómo formularla, pues está dada por el hecho de
poder interrogar. Lo comparo con “El pez”, de Liliana
Montes: “He recorrido cada rincón de este planeta, cada grieta que existe me la
sé de memoria, cuanto recoveco, surco o abismo lo conozco al derecho y al
revés. Así que con mi conocimiento y experiencia puedo afirmar a ciencia cierta
que el agua no existe”. Un
pez —al menos el de esta fábula— no indaga por su medio (los demás, los de
carne y espina, no indagan ni eso ni nada). Otra comparación mejor: los fotones
no se pueden ver, pues “ver” es percibir un barrido de fotones.
Entonces, la
mayoría de las veces, esa proto-pregunta toma la forma de una miríada de
pequeñas dudas sucedáneas, éstas sí remitidas a aquello a lo que da lugar la posibilidad
de interrogar. En los niños (no como el del epígrafe, que ya es todo un licenciado
en filosofía), podemos verificar una preguntadera poco soportable (mini-novelada
en “La gallina dijo eureka”, de Les luthiers) que indica —para quien la padece—
que algo más subyace a esa cantinela infantil. También se manifiesta en los
grandes. Por ejemplo, cuando la gente iba al oráculo de Delfos tenía tantas
cosas por inquirir, que fue necesario establecer una serie de preceptos:
1. Conócete a ti mismo, es decir: piensa antes lo que vas
a preguntar.
2. No hagas demasiadas preguntas.
3. Comprometerse acarrea desdicha.
Esto hace
pensar en los cuentos populares en los que un personaje, ante una personificación
mágica (genio embotellado, duendecillo, hada…) que le ha concedido tres deseos,
siempre se precipita al punto de anular las posibilidades abiertas. Ejemplo: “Cuento de los tres deseos”, de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont
(siglo XVIII). Resumo:
La
pareja comenta: si dispusieran de todo lo que quisieran, serían felices. De
pronto, aparece un hada que les concede tres deseos. Prensan: ¿belleza,
riqueza, elegancia?… se podría estar enfermo, triste o morir joven. ¿Salud,
alegría, larga vida?… se prolongaría la desgracia de la pobreza. Mientras tanto,
la mujer atiza el fuego y dice, sin reflexionar, que le gustaría asar ahí una
morcilla. Entonces, aparece una gran morcilla. El marido, maldiciendo el desperdicio
de uno de los deseos, dice: me gustaría que llevaras la morcilla en la nariz.
Al instante, la esposa tiene una nariz de morcilla… Finalmente, recuperan la
situación inicial usando el último deseo.
(Idéntica lógica está en uno de los cuentos recogido por los hermanos Grimm: “Los tres deseos”).
La versión
moderna de este cuento es traquetear o, incluso, ganarse la lotería, lo cual
para muchos es una condena.
La persona
quiere preguntar al oráculo, pero ha de precipitarse, entonces, otro le pone un
parte por exceso de velocidad. Atención: el otro parece estar en una posición
distinta, pues no dice —como los profesores de hoy—: “conozcámonos a nosotros
mismos”, sino que, al decir conócete a ti mismo presupone que aquel a
quien se dirige 1.- es capaz de hetero-conocer; 2.- pero no de auto-conocer, él
mismo es el único ente que no toma por objeto… ¿tal vez porque algo se opone en
él mismo?... de lo contrario no habría que hacerle la requisición. O, dicho
de otra forma, las miradas sobre sí son superficiales: qué bueno asar unas morcillas
en ese fuego atizado. Pero la pregunta que está de fondo: ¿por qué la
precipitación?, ¿por qué formular un deseo “espontáneo” cuando se está en una
situación especial? (un hada se ha hecho presente y concede la situación en la
se estaba fantaseando), ¿por qué desear que la mujer quede deformada?…
Además, el
otro, aquel que formula el imperativo de marras, parece estar en otra posición.
Como en el cuento: “El hada se ha burlado de nosotros, y ha tenido razón”. Es
decir, ellos no se conocían a sí mismos. Pero el cuento restablece la condición
inicial: no volvieron a preocuparse por las cosas que habrían podido desear,
¡cuando justamente la manera de desear —al decir de Zuleta— es nuestra
desgracia! Queda demostrado que vamos a tumbos, pero no nos quedamos ahí, pensando
en esa especificidad sino que decimos “Tal vez hubiéramos sido más desgraciados
siendo ricos”. Y a
cambio ¿qué?: conformismo. Es un cuento que pone a prueba el aforismo “Conócete
a ti mismo”, pero que fracasa.
¿Por qué el
otro no está cubierto por la requisición? Porque está en otra posición. Los
personajes del cuento no podrían pasar, después de la experiencia, a decirle a
los demás “Conócete a ti mismo”. Retornaron a la ignorancia. Sólo el hada, en
el cuento, está en esa posición. Se supone que quien hace la requisición ha
vuelto sobre sí mismo y se ha quedado en la pregunta; es decir, no tiene
respuesta, pero no es inferior a la pregunta, retornando a la posición
anterior.
El oráculo no
habla de forma literal. ¡No sería un oráculo! Cuando le habla a Edipo no le responde
si es hijo de los reyes de Corinto, sino que le dice que matará a “su padre” y
que desposará a “su madre”; no le dice que matará a Layo y que desposará a
Yocasta —con lo cual respondería, de carambola, la duda de Edipo—; para él es
evidente —pobre ingenuo— que se trata de Pólibo y de Peribea, y por eso huye de
ellos, justo para encontrarse con sus verdaderos padres. ¿Por qué el oráculo no
dijo los nombres propios? Edipo no se pregunta cómo es posible que él pueda
tener esos deseos de matar al padre y desposar a la madre, sino que sale
corriendo. Y después se quita los ojos y va a morir en Colono. Es como el
cuento de la morcilla: conformismo… dolor, sí, culpa… pero conformismo.
Laercio,
Diógenes. Vidas de los filósofos más ilustres.
Foucault,
Michel. La hermenéutica del sujeto.
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