Francisco Rodríguez
De las mil, la primera es la memoria. La vida son las imágenes que se rehúsan, con azar y capricho, al olvido. En la primera de ellas estoy en un caminador. Mi tío José me está tomando una fotografía. Yo poso feliz. No tengo más de dos años. No es posible tener recuerdos de nada a esa edad, sin embargo, la foto no deja mentir. En ella estoy inclinándome un poco como queriendo salir de ese juguete-prisión; al frente, hay un manchón de luz, como si la emulsión de la foto se hubiera dañado. Nadie podría saber a qué corresponde ese destello indiscernible en la película, como la calavera anamórfica en el cuadro de Holbein. Pero yo lo sé. Se trata de un grumo de café tirado en el pastal del parque. En esa época se acostumbraba escurrir las olletas con el cuncho en cualquier lado. Luego vi a mucha gente hacerlo, incluida mi mamá. Esa foto coincide con mi recuerdo de ese momento, ahí empiezo yo, pero luego, dejo de existir por algún tiempo.
El siguiente recuerdo viene de mis cuatro años. Se arma una gritería en el zaguán, frente a mi casa. Mis hermanos corren a mirar. Los vecinos también. Todos como bobos ponen la cara al cielo. Está pasando un avión a propulsión a chorro y ese espectáculo no se puede perder, como las bandas de los colegios, como la procesión de Semana Santa. Todos estamos reunidos y boquiabiertos hasta que un grito de mi mamá me introduce en la autoconciencia hegeliana: “Pacho, qué hace en la calle sin calzones”. Desde ahí, desde ese grito, yo soy yo. La vergüenza trajo mi conciencia a este mundo, como Adán y Eva en el Paraíso. Desde ese momento hasta hoy la cadena de recuerdos no se interrumpe.
Viene una sucesión interminable de partidos de fútbol. Uno que incluye un balonazo en el estómago que me dejó sin aire y casi privado. Esos accidentes eran comunes en la época. Igual que las escalabradas por caídas contra los andenes, las verjas y los sardineles de la cuadra. O piedras que llovían del cielo. De verdad, no era raro recibir de la nada una pedrada en la cabeza. Una vez caí desde el segundo piso y por poco me mato. ¿Cómo llegué a ser tan inteligente con tantos chichones?
La escuela. Llego a la escuela. A esa altura ya casi sabía leer. Mi mamá no pudo matricularme el año anterior; entonces, de pura pena conmigo, me ponía planas y me dejaba combinar letras a mi antojo. Luego las leía, tuvieran o no sentido. A veces yo atinaba algo como “casa” “taza” o “sal”. Y celebrábamos. Me gustaba mucho la letra “a”.
En la escuela hay varias imágenes: aprender a dibujar casas e iglesias, por ejemplo. Recuerdo que las casas de las tareas no se parecían a las casas en donde vivíamos, ni las iglesias se parecían a la del cura Garavito, pero todos mis compañeros las dibujaban con una facilidad que copié rápidamente. Casi de un trazo las hacían.
Una de las sorpresas más grandes de la escuela eran las piernas de la profesora Magaly que me inquietaban, a la par con sus elogios a mi destreza con los números. No sabía que me alegra más, si verla u oírla. En cualquier caso, me inquietaba su presencia. Todavía pienso en ella con regusto.
Al lado, en los demás pupitres, estaba la obsesión sexual de mis compañeritos. Esa fijación me sorprendía, y me despertaba cierta curiosidad, pero menos que un partido de fútbol o que los soldados libertados o que el rejo quemado. No recuerdo que yo haya dicho nunca nada al respecto sobre el sexo. No tenía nada que contar, pero ellos (y hasta que salí de la escuela) traían cada día una aventura con la prima, la vecina o la cocinera. No cesaban, y para cualquier contratiempo tenían la misma explicación: me estaba tirando una vieja. ¡Y éramos tan pequeños!
Salí de la Escuela Piloto de Aplicación de Bogotá, que ya no existe en el barrio Quiroga, con una autoestima académica que ha sido mi coraza hasta el día de hoy. Saber que soy inteligente me ha tenido en pie hasta el día de hoy.
El bachillerato. La entrada al Camilo Torres fue un logro. En los setentas, el Camilo era el Camilo y para entrar a primero de bachillerato se presentaba un examen de Estado en el que participaban miles de estudiantes y se elegían unos pocos destacados. Así era de difícil.
Siempre fui el mejor en la Escuela y en el Camilo encontré la horma de mi zapato. José Vicente Vargas Villamil, Armando Escobar y Emiro Bohórquez ponían el listón tan alto que me relegaron a ser un orgulloso segundón y tercerón, según el caso. Y aun así lo disfruté, eso habla bien de mí.
Luego vine a saber lo que es la adolescencia y la pérdida de la memoria absoluta que me había acompañado hasta los trece años. Hay varias pruebas de lo buena que era. El profesor Medina podía contar la batalla del Pantano de Vargas durante veinte minutos y yo podía dar la lección en veinte minutos con los mismos detalles.
De niño solía zanjar las discusiones que mi papá tenía con sus amigos de farra acerca del fútbol. Me ponía de juez para dejar en claro quién había metido el gol en la final del campeonato del año anterior y cuáles fueron las jugadas previas. A mis catorce, la memoria dejó de ser mi fiel compañera. Tal vez masturbarse si lo embrutece a uno. Yo soy acaso la prueba de esa teoría.
En el colegio descubrí que soy romántico. Soy incapaz de cortejar por puro vacilón, como muchos de mis amigos. Tengo que estar perdidamente enamorado para dar el paso. Si por casualidad, como sucedió, Martha Cerón no me paró bolas, pasará fácilmente un año o dos antes de que el guayabo cese y vuelva a hacer otro intento. Por fortuna, el segundo salió bien y fui novio de Olga por cuatro meses a mis quince años. Aún la recuerdo con algunas mariposas.
Jugué fútbol, hice amigos, me reí y gocé resolviendo
problemas de álgebra, geometría y física. Esa felicidad la extraño todavía. En
décimo y once fuimos un grupo muy discutidor, que durante meses manteníamos una
tertulia en el pasillo, frente al salón, durante los cinco minutos del descanso,
entre clase y clase. Era medio curso y todos metíamos la
cucharada en el debate. Eso, sin duda, forjó mi espíritu especulador y filosófico. De ahí vienen mis problemas con el tiempo, la ética y la existencia de Dios. Si alguna vez pensé en las infinitas imágenes de los espejos paralelos, con seguridad fue allí, y en ese tribunal se testaron popperianamente mis teorías al respecto.
Todavía soy el Pacho que pasó por la escuela y que
no quiere abandonar el Camilo. Lo demás ha sido una repetición simpática.
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